Fernando Calderón

Autor de “Los Once de Graiport”

 

Nací un otoño en Madrid. Hace más de 40 años. Ya desde canijo, me dio por inventar historias y escribirlas con una Olivetti que rodaba por mi casa. Me encantaban la mitología y aquellas películas hechas por animación en las que héroes de sospechosa musculación se enfrentaban a la ira de los dioses, atravesando reinos mágicos de antaño. Con semejante afición por la fantasía, no era raro que mi paga semanal se volara en cómics y visitas al cine del barrio, a la hora de la sesión infantil.

Pero la vida da muchas vueltas y, cuando menos te lo esperas, te encuentras vendiendo tu creatividad a objetivos más terrenales. Fue así como acabé en el mundo de la publicidad, diseñando y creando campañas, slogans, visuales y piezas para más de 100 marcas y multinacionales. No deja de ser un trabajo creativo, pero con una libertad supeditada al gusto (a veces terrible) y a los objetivos de cada cliente. Durante muchos años he tenido que vivir creando lo que otros quieren y amordazando el espíritu.

Aún así, la vena artística asomaba siempre por algún rincón. Sin ir más lejos, la música me ofreció una buena alternativa para dejar fluir el artista que llevaba escondido y liberarme en los escenarios como un salvaje rockero. Y durante más de 20 años toqué y canté en una banda que me permitía vivir ese rol alternativo a la vida cotidiana, como un personaje ajeno al que se sentaba en la oficina cada lunes por la mañana.

No obstante, no dejaba de ser algo ficticio. Era un papel de fin de semana y sin futuro. No era mi vida.

Sentía como los años se me escapaban entre los dedos sin poder cumplir todas esas expectativas que tenía de pequeño. Y mi vida, aunque colorida por fuera, no dejaba de ser algo gris por dentro, porque siempre he sentido que puedo hacer “algo más”. Blogs, artículos, pequeñas historias… Mi cabeza no dejaba de crear pequeños proyectos y decirme que algo me faltaba.

Hace unos años, en una de las múltiples mudanzas que he tenido que afrontar, encontré una carpeta llena de historias y aventuras, escondida entre recuerdos y fotos. Estaban escritas a máquina, con una Olivetti de los años 70. Desde luego, aquellos párrafos eran carentes de forma y vocabulario, pero eran inspiradores y estaban llenos de la ilusión que se había ido marchitando durante años. Me dije: “¿Por qué no?”. Sin apenas pensarlo, me senté al teclado de mi ordenador y comencé a escribir: “Graiport, era un pueblo costero, de esos en los que es imposible dormir más tarde de las ocho…”. Y así, comenzó todo.