Serían las tres de la tarde cuando entró en William Kid’s. No había mucha gente ya que, a esta hora, se cambian los turnos. Los lugareños y algún turista despistado que entran a comer un poco de pescado frito con patatas dejan paso a los que llegan para saborear una merecida pinta tras la jornada laboral. Por eso, el profesor MacMallad no tuvo demasiado problema en evitar las miradas indiscretas que se clavaban en su cogote cada vez que paseaba por Graiport. Sobre todo, le exasperaban los cuchicheos que las acompañaban. Le recordaba el siseo de una madriguera de serpientes. Nunca hay nada bueno tras palabras siseadas. Bueno, en ocasiones tal vez sí.

Había veraneado allí cuando era niño. Era un pueblo costero, de esos en los que es imposible dormir más tarde de las ocho porque te despierta el constante graznar de las gaviotas y otras aves que revolotean alrededor de los olorosos barcos de pescadores. Su padre, John Eric MacMallad III, había heredado de su tío segundo, quien, al no tener descendencia directa, optó por dejar sus únicas pertenencias a un sobrino de Glasgow. Una difícilmente recordable ascendencia de los MacMallad había ido legando aquella casa en lo alto de la colina durante generaciones, hasta la llegada del Tío Abuelo Tom MacMallad. Ahora la casa, le pertenecía a él, aunque hubiera preferido no heredar nada.

No obstante, había aprendido a vivir lejos de Graiport. Sin siseos.

Los últimos años de incansable búsqueda, le habían mantenido apartado de sus raíces y de dolorosos recuerdos del pasado. Por suerte o por desgracia, había llegado la hora de terminar su viaje y, como sucede a menudo, debía finalizarlo donde todo empezó.

La camarera era nueva. “Mejor”, pensó. Aunque echó algo de menos a Mary y su glorioso cuerpo lleno de curvas. Tenía sus razones para no querer ver a nadie conocido. Pidió un café, con un chorrito de whisky, para calentarse un poco. Cuando uno está tan cerca del final, siempre le asaltan las dudas por muy claras que tengas las prioridades. Sabía que había llegado el momento de compartir con alguien la verdad de lo sucedido, un secreto que se había mantenido veinticinco años, oculto en su memoria, alterada por una sospechosa amnesia.

Se sentó en una de las mesas que había junto a la ventana y observó los adoquines de la Travesía de William Kid a través de los pequeños cristales enmarcados en madera. La calle le traía muchos recuerdos de una época en la que fue muy feliz. Sorbió un par de veces el brebaje amargo y espiritoso y se abstrajo en sus pensamientos hasta el punto de no advertir el tintinear de las campanillas cuando se volvió a abrir la puerta del establecimiento. Tampoco percibió el sonido grave y hueco que producían los pasos de las botas de medio tacón en la madera del suelo. Jacob MacMallad acostumbraba a sumirse en profundos estados de ensoñación que le llevaban más allá de nuestro mundo. Nadie sabía qué había en su cabeza en aquellos momentos en los que navegaba los recónditos lugares de su memoria truncada. Y eso que muchos lo habían intentado descubrir: sus padres, psicólogos, médicos, policía… Pero todos se rindieron. Al final, se rindieron. Incluso dejaron de buscar en los bosques y decidieron olvidar. Curiosa medicina que quita el dolor, el olvido.

Por eso, Jacob no era bien recibido en Graiport. Nadie le culpaba de lo sucedido, pero su presencia traía recuerdos tan amargos como el café que estaba saboreando. Quizá, si hubieran sabido la verdad, no se hubieran rendido. ¿Pero quién le hubiera creído? Aún así, se sentía culpable, porque fue su decisión de niño asustado la que le llevó a bloquearse y a olvidar todo, bajo la influencia del profundo shock de las experiencias vividas. Ni él mismo había sido capaz de dar sentido a sus sueños, archivos incompletos de un disco duro mal borrado. Sin embargo, él no se rindió. Él no.

–¿Profesor MacMallad? –preguntó una voz femenina.

–Sí, soy yo –contestó el profesor un poco aturdido al abandonar las pesadillas que ahora revivía sin necesidad de dormir –. Usted debe ser…

Los ojos de Jacob recorrieron a trompicones la figura de la señorita que se erguía frente a la mesa. Vestía unas botas altas que le llegaban casi a la rodilla y un abrigo verde que se ceñía a su cintura. Tenía el pelo negro (negro de verdad, no castaño oscuro) asomando por fuera de una boina, también verde. Cubría sus ojos con unas gafas de sol que tapaban gran parte de su cara dejando asomar ligeramente la nariz. Si no hubiera sido por el patente acento irlandés, Jacob hubiera pensado que se trataba de una espía de la guerra fría, sacada de las películas de James Bond. Se apostó consigo mismo un par de pintas a que aquellos cristales oscuros se usaban para esconder la única parte imperfecta del rostro de la muchacha. Perdió la apuesta, pero no le importó.

La chica retiró las gafas y acompañó su amplia sonrisa con el brillo de sus ojos, también verdes.

Jacob contuvo el análisis visual al que estaba sometiendo a la muchacha y sonrió también. Se levantó y le ofreció sentarse para no parecer descortés.

–La señorita Moore –habló desconcertado por la belleza de la joven –. Si… Siéntese, por favor.

La chica se quitó el abrigo y lo dobló cuidadosamente para dejarlo en el banco, junto a la ventana. Nuevamente, el profesor tuvo que hacer esfuerzos infinitos para no recorrer cada una de las líneas curvas, tiradas con el trazo mágico del mejor dibujante de cómics. La joven se sentó frente a Jacob, que no podía reprimir el fluir de sensaciones que producía la presencia de aquella mujer tan espectacular. Probablemente, estaban incrementadas por el entorno cargado de reminiscencias y la inquietud que le provocaban los acontecimientos que estaban por venir, pero la dama poseía un aura especial. Y aquel acento irlandés le traía recuerdos… Agradeció haber elegido un lugar lejos de miradas indiscretas. La camarera, que limpiaba los vestigios de un menú en la mesa colindante aprovechó para preguntarles si deseaban algo.

–Sí, gracias. Tomaré una pinta de McEwan’s –dijo la joven y luego se dirigió a Jacob que seguía observándola atónito –. Disculpe profesor ¿ocurre algo?

–Sí…  No… Bueno. No esperaba alguien tan joven, ni tan… –titubeó mientras buscaba una palabra que no pareciera atrevida.

–¿Evocadora? –dijo descarada e inmodestamente la chica.

El profesor MacMallad se sintió incomodo porque, por alguna razón, esa era justamente la palabra que estaba buscando. La señorita Moore, no le parecía guapa, ni sexy, ni estaba “maciza”, ni cualquier otro apelativo que pudiera definir su inminente atractivo. Aquella presencia le parecía hermosa y evocadora. Era una diosa hecha carne y hueso.

–Debe disculparme. Paso tanto tiempo entre libros, con la única compañía de mis perros, que a veces me olvido de tratar con personas –alegó Jacob –. Además, su carta me pareció tan adulta, que me había creado una imagen equivocada de usted. Esperaba alguien mayor, con una mayor experiencia de la vida. No sé si me comprende.

–No se excuse. Me pasa a menudo. La gente se deja aconsejar demasiado por el físico y las apariencias –disculpó la chica –. Pero es algo que he aprendido a utilizar en mi favor. A veces hay que indagar algo más para conocer la verdad de cada uno ¿No cree?

–Absolutamente de acuerdo, Señorita Moore –respondió el profesor, al que aquellas palabras le parecieron una trampa visiblemente preparada.

–Reagan, por favor. Llámeme Reagan –pidió la joven añadiendo de nuevo su luminosa sonrisa.

–Igualmente, le pido que me llame Jacob –añadió el profesor MacMallad –. Nunca me he sentido un profesor. Más bien soy un investigador.

La chica asintió.

–Y bien, llegado a este punto, creo que deberíamos hablar del tema que nos ha traído hoy aquí –prosiguió el profesor –. Pronto descubrirá que no toda la información de mi trabajo ha salido a la luz . Ha sido un despiste premeditado que me he permitido para conservar el anonimato de algunas familias que nunca debieron sufrir lo que sufrieron. Y así, deberá continuar en el futuro. Tengo su palabra.

–Tiene mi palabra, Jacob –aseguró Reagan convencida –. Tan sólo quiero saber la verdad. Este misterio me tiene tan intrigada que apenas puedo pegar ojo. Aunque le parezca raro, tengo la impresión de que algo desconocido me acecha desde la oscuridad por las noches, como si los druidas de Yewhill hubieran vuelto de sus tumbas, para evitar que pueda publicar más artículos al respecto.

–Bueno, no está muy desencaminada –sonrió Jacob, viendo que había elegido a la persona adecuada –. Pero recuerde que nadie deberá saber nada de lo que pase mañana, sea cual sea el resultado final. No quiero causar más daño a este pueblo. Debe entender que todo este asunto, me toca mucho más allá de lo profesional. Mi conocimiento de lo druídico no es simplemente una afición de estudio. Y nuestra presencia hoy, aquí en Graiport, no es grata para nadie. La gente está harta ya de leyendas y de “buscadores de misterios”, así que debemos ser discretos.

–Lo entiendo y le agradezco su confianza –correspondió la joven.–. Pero antes de continuar necesito saber una cosa. ¿Por qué me llamó? ¿Qué fue? Después de tantos años de hipótesis sobre el tema, de evasivas, de informes desaparecidos… ¿Por qué ahora?

Jacob bebió otro sorbo de su café aderezado, preparándose para entrar en materia.

–¿Cree usted en el destino? ¿Piensa que todo es azar o que hay un poder más allá de lo visible que maneja los designios de nuestra existencia? –divagó el profesor recordando las palabras de una amiga –. No se preocupe, no conteste. El caso es que yo si creo en ello. El azar no existe y todos somos, en menor o mayor parte, dueños de nuestro propio destino. Alguien, con mayor poder de decisión que nosotros en el desenlace final de esta historia, determinó que su carta llegara a mis manos al mismo tiempo que, puedo aventurar, mis investigaciones tocaron a su fin. Puede parecer una locura, pero creo que mi hallazgo podría cambiar el destino de muchas personas. Incluso podría cambiar la percepción que tenemos del universo. Ha llegado el momento de dar el último paso y me gustaría que, si yo no lo consiguiera, alguien continuara el trabajo por mi. Leyendo las páginas de su tesis y sus artículos publicados he podido comprobar que usted es la persona que más se ha acercado a dilucidar qué se esconde tras los monumentos de Yewhill. Posee un conocimiento de lo druídico más allá de lo meramente obvio y terrenal, que, a mi, me ha llevado años de meditación e investigación.

–Debo admitir que, habiendo leído su obra, ha sido un trabajo más sencillo –argumentó modestamente Reagan intentando restar importancia a su trabajo –. Es más fácil encontrar, si se sabe lo que se busca. Su idea de una red de místicos, druidas y brujos, a nivel universal, más allá del entorno celta, es brillante y da explicación a muchas teorías que quedaban cojas. Y la mía, no ha sido la única tesis tomando como base sus estudios. He leído ya unas cuantas que no se alejan demasiado… Pero sigo sin entender como se conseguía esa conexión entre culturas separadas por distancias insalvables en esas épocas remotas.

–No sea modesta, Reagan. El tiempo y el espacio no importan, bien lo sabe –interrumpió Jacob. Sacó entonces un sobre que tenía escondido en su chaqueta y extrajo de él, una fotografía –. ¿Sabe qué es esto?

La muchacha observó la imagen unos segundos.

–No sabría decirle exactamente… –respondió dubitativa.

–No se corte. Aventúrese –apremió MacMallad.

–Bueno, está claro que es un instrumento de navegación –examinó la joven –,  pero esos símbolos… Esos entrelazados grabados en los bordes… Me va a tomar por loca pero…

Jacob no esperó a que la muchacha terminara la frase. Ya tenía lo que quería. Guardó rápidamente la foto.

–¿Dónde lo ha encontrado? –preguntó Reagan que no podía contener su curiosidad.

–Insisto en que mi trabajo está lleno de lagunas premeditadamente vacías de información que usted ha sabido vadear y rellenar con admirable éxito, con la misma intuición que acaba de demostrar –continuó el profesor, obviando la pregunta de la muchacha –. Y debo agregar que es la única que se ha atrevido a argumentar una posible relación entre los desaparecidos de 1985 y el aura mística inherente al templo de Yewhill. Por eso, la he elegido a usted, para que me acompañe en esta recta final. Siento la imperiosa necesidad de compartirlo con alguien capaz de comprenderlo y pueda sucederme en las investigaciones.

–¿Ha sido eso? ¿Mi hipótesis sobre los “Diez niños de Graiport”? –preguntó la señorita Moore añadiendo cierta emoción, un poco forzada, a su voz –. Pero Jacob, habla como si fuera a abandonar ahora. Como si todo hubiera concluido ya.

–En parte sí y en parte no. Y por otro lado, no lo sé –susurró Jacob para contrarrestar la repentina efusividad de la joven –. Sí: ha sido un punto interesante en el que nuestras pesquisas han encontrado un nexo común. Una misteriosa conexión que no esperaba encontrar nunca. Sin embargo, no: su hipótesis ha dejado escapar un pequeño detalle que para mi es, digamos, crucial, pero para el resto del mundo es algo completamente desconocido. Los niños de Graiport no eran diez.

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